“Un fantasma recorre Europa”, comienza un manifiesto político de gran resonancia, publicado a mediados del siglo XIX. Ahora, en las primeras décadas del siglo XXI, otro fantasma recorre buena parte del mundo: el lenguaje inclusivo.
La diferencia entre ambas criaturas fantasmales, y sobre todo entre los suelos que sobrevuelan, es tan grande que obliga a considerar la evolución o involución política, social y lingüística que media entre ellas.
El primer fantasma, que pronto tomó más vida y cuerpo del que convenía a sus adversarios, merodeaba perseguido, trataba de organizar y convencer y recibía a cambio la reacción indignada y a veces atemorizada o violenta del poder.
El segundo -prescripciones sobre el uso del lenguaje- viene sugerido, recomendado o impuesto a entusiastas y a remisos por las Naciones Unidas, por los gobiernos nacionales, como en España, o por políticos, entre ellos los de Nuestra América.
Recomendaciones muy “de arriba”
Las Naciones Unidas publicaron un manual con instrucciones que son norma para muchos gobiernos del mundo. Junto con este manual proliferan otros de lenguaje “no sexista” con diferentes títulos, sobre todo en las universidades y en los ministerios: guías de lenguaje inclusivo, manuales de comunicación inclusiva, de lenguaje de género, normas de lenguaje igualitario, etc.
El manual de la ONU contiene, entre otras recomendaciones:
-Tenga en cuenta que el uso inclusivo en cuanto al género se refiere a todas las personas.
-Utilice “señora” para todas las mujeres para no reflejar su estado civil de forma innecesaria. (Las que no se perciben señoras sabrán entender).
-Explicite los grupos referenciados: hombres y mujeres; hombres, mujeres, personas transgénero, personas no conformes al género; niños, niñas, adolescentes y jóvenes.
-Use pares de femenino y masculino (desdoblamiento obligatorio)
-No visibilice el género cuando no sea necesario para la comunicación (A veces la ideología manda invisibilizar)
-Omita el artículo ante sustantivos comunes al género (periodista, participante, representante) No decir “el periodista” o “la periodista” para no explicitar el sexo.
-Emplee sustantivos colectivos y otras estructuras genéricas: (la vicepresidencia, el funcionariado, el público, la audiencia, la infancia), estructuras con “la comunidad”, “el cuerpo de”, “el equipo de”, procesos en lugar de personas (el evaluador/la evaluadora – la evaluación).
-Utilice la palabra “persona” (porque es epicena y permite esquivar si es varón, mujer o no binario. En lugar de “todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”, como dice el prólogo de la constitución, mejor sería “todas las personas del mundo”, aunque renguee un poco la distribución de los acentos)
-Use el pronombre relativo “quien(es)”, los pronombres indefinidos “alguien”, “nadie” y “cualquiera” y el adjetivo indefinido “cada” o el adjetivo demostrativo “tal” seguido de
sustantivo común en cuanto al género. (“quien dijo” permite eludir “el que dijo” o “la que dijo”. Los sustantivos comunes en cuanto al género tienen una sola terminación para ambos géneros, como “turista”, “cónyuge” o “atleta”)
-Elija adjetivos sin marca de género en lugar de sustantivos. Ejemplo: “el desempleo juvenil” (vs. “de los jóvenes”) (No recomienda todavía decir “las y los jóvenes” ni “las jóvenas”)
-Emplee construcciones con “se” impersonal (“se recomienda”), de pasiva refleja (“se debatirá”) o de pasiva perifrástica (“se va a elegir”) (Las construcciones reflejas con “se” son la norma en castellano en lugar del abuso de las pasivas, contagio del inglés).
-Omita el agente (habrá un debate). (El agente es el sujeto en las oraciones de voz activa; hay que omitirlo porque suele delatar el género. Es otra forma de invisibilización).
-Use el infinitivo o el gerundio en lugar de un sintagma con marca de género. (Es necesario tener una cuenta para acceder al portal. (vs. “los estudiantes deben tener una
cuenta”). Es el arte de esquivar el fantasma tan temido, pero es el temor el que crea el fantasma.
En suma, las Naciones Unidas mandan desde sus alturas, desde donde todo se ve, evitar como la peste el uso de términos que denoten género, porque el género lleva al sexo y el sexo a la discriminación. Por ahora, recomienda usar recursos existentes del idioma.
Las lenguas mezcladas
En la frontera de Paraguay, Argentina y Uruguay con el Brasil, los hablantes han ido creando poco a poco una lengua común, el portuñol, un híbrido de portugués y español. En el Sur de los Estados Unidos, de la misma necesidad de entenderse nació en “spanglish”, híbrido de inglés y castellano aceptado por los académicos tras largo desprecio y resistencia.
No es lo mismo con la lengua llamada inclusiva. El uso de un género neutro en términos colectivos no responde a ninguna necesidad práctica, aunque la estructura del castellano lo soporta, sino a un posicionamiento ideológico, que ofrece desde el poder a minorías intelectuales un resarcimiento simbólico mientras niega a todos el resarcimiento real, que no es lingüístico.
Seguramente la estructura patriarcal de la sociedad debe ser destruida, pero no con discursos ideológicos.
Las lenguas artificiales
No fue posible imponer el esperanto a los hablantes de ningún idioma real, ni los sueños de idioma universal como base de una paz ilusoria. Sin saber siquiera que estaban resistiendo, resistieron y acorralaron a los idiomas artificiales que surgieron como calmante de la fiebre nacionalista que recorrió Europa cuando las guerras mundiales.
El esperanto tuvo más de 100.000 seguidores y 300 obras literarias lo usaron como idioma; el volapük le siguió, luego en klingon, al que se tradujo el Hamlet de Shakespeare. De todas esas lenguas, a pesar de las esperanzas con que nacieron, hoy queda el recuerdo de algunas y nada de casi todas.
Más que hablantes, el lenguaje inclusivo tiene militantes: entre los políticos que lo recomiendan y dan un ejemplo de uso devastador o risible, o en jóvenes entusiastas sobre todo universitarios; en ningún caso lo recuerdan cuando no tienen puesto el traje de militante.
No te metas
En sentido amplio, el lenguaje es un contrato entre sujetos, nada menos que el contrato que les permite entenderse. Ninguna norma estatal, de las muchas con que los pesadísimos Estados modernos se entrometen en la vida moderna y la estorban, puede romper el contrato lingüístico. La norma necesita siglos para gramaticalizarse, de lo contrario será ignorada o transgredida, como en general las recomendaciones de la Real Academia.
Tribus ultramodernas
El sociólogo francés Michel Maffesoli anunció el advenimiento de las tribus, que en la posmodernidad habrían vuelto; o mejor, nunca se fueron. Para Maffesoli hay una superación de los valores modernos en los microgupos posmodernos, que se unen “por la intensidad emocional que les da identidad”.
Según Maffesoli la vuelta del viejo tribalismo renovado está superando la modernidad mediante la erotización contra la racionalidad y mediante el fortalecimiento del grupo y el debilitamiento del individuo.
Si es así, los Estados, sus gobiernos y las sociedades “filantrópicas” que ofrecen generosa financiación se han apresurado a tomar nota y a curarse en salud: ya han acordado tareas, reconocimientos, subsidios y medios de vida a las tribus posmodernas.
Las clases sociales enfrentadas -y el Estado como árbitro y gerente del enfrentamiento, siempre a favor del interés dominante- estarían siendo reemplazados por una fragmentación de pronóstico reservado, que podría llevar a guerras callejeras entre tribus: conservadores, populistas, feministas, animalistas, nacionalistas, liberales, homosexualistas, indigenistas, etc, etc, etc.
Y las reivindicaciones relacionadas con el lenguaje son particularmente baratas, hacen mucho ruido, dañan poco y distraen mucho. (AIM)
















