Federalaldia
Un paso adelante en el tiempo

Homenajes A un mes de su muerte, un repaso por la obra de Marcelo “El Chino” González, de La Nueva Luna: La dignidad de la alegría

459

Uno de los mejores años de la música tropical argentina fue de los peores para el país: 1995. Carlos Menem, reelecto tras una reforma constitucional a su medida, abandonaba el gradualismo populista y se perfilaba para dar las estocadas finales, definitivas, de su proceso de reducción del Estado al servicio del mercado. Pero, en simultáneo, la cumbia desplegaba una avanzada con el estreno de Tropicalísima por ATC (programa pionero en darle visibilidad al género en la televisión) y cuatro lanzamientos fundamentales: Corazón valiente, de Gilda, Boquita de caramelo, de Sombras, Te demostraré, de Los Charros, y Corazón de madera, de La Nueva Luna. Argentina se caía a pedazos, las representaciones políticas perdían credibilidad ante la sociedad y una nueva ola tropical llevaba alegría a las periferias, principales afectadas por el incitado derrumbe institucional.

Por Juan Ignacio Provéndola

Nadie recuerda el preciso momento en el que se conocieron Marcelo González y Ramón Benítez. Solo se sabe que coincidieron dos años en el grupo 7 Lunas antes de tomar una decisión crucial: abrirse y hacer algo juntos. En ese instante donde se firmaba el acta fundacional de La Nueva Luna, septiembre de 1995, la música tropical alumbrada una de sus sociedades creativas más iluminadas, disruptivas y entrañables de toda su historia: la del Chino y el Mago.

 

El panteón de la cumbia argenta es rico en figuras, mitos e hitos, aunque en su mayoría insuflados casi exclusivamente por grupos (desde el fundacional Cuarteto Imperial, llegado a estas pampas desde la costa del caribe colombiano, hasta el cuestionado fenómeno para el segmento ABC1 liderado por Agapornis) o solistas (Rodrigo como el emblema del caído en desgracia, aunque antecedido generacionalmente por La Mona Jiménez, Conejito Alejandro o Ricky Maravilla). El tándem González-Benítez, en cierto punto, tomó lo que la cumbia ya ofrecía –el lamento obrero hecho baile– para agregarle algo que le faltaba: esa mística rockera en la que abundaban duos retroiluminados como Lennon-McCartney, Jagger-Richards o, más acá en el espacio, Solari-Beilinson.

Corazón de madera, debut discográfico de La Nueva Luna, tenía todo lo que las barriadas deseaban: música alegre pero letras desgarradas. Esa es la sensación que subyace al dejarse atravesar por aquella obra fundacional, invadida por la irremediable sensación de que algo se ha perdido. Y no era precisamente esa mujer que las letras figuraban: el dolor producido por el rechazo amoroso era una excusa poética para supurar tanto daño contenido por un sistema que cerraba los números con mucha gente afuera. Estrofas como “Y ya se fue, ya se marchó, se llevó todo” o “Poquito a poco te conocí, poquito a poco me enamoré, poquito a poco me ilusioné, poquito a poco… yo te perdí” son, a su forma, aguafuertes de la época.

Los estratos sociales más bajos, que habían sido despojados de trabajo y las necesidades básicas, no renunciaban a pelear por su dignidad más elemental, esa que otorga la alegría genuina. En “Choque de cometas”, hit de aquel disco y éxito angular de la carrera de la banda, el estribillo trazaba un horizonte aspiracional incitando a gritarle al cielo: “¡Iluminará!”. La luz se hacía paso entre la oscuridad con la voz densa pero sensible del Chino González y las cuerdas quirúrgicas del Mago Benítez.

“Ya verás lo que es el amor cuando sufras mucho, como sufrí yo”, le cantaba el Chino a los ajenos, aquellos que todavía no se habían caído de cara al barro de los márgenes desclasados. Una canción que resume gran parte de las influencias de La Nueva Luna, con la la dualidad santafesina entre el acorde al estilo Los Palmeras y los yeites guitarreros en la línea Los del Bohío, más los vientos de Dany Langoy de la Cruz (bronce al servicio también de Gilda y Damas Gratis), ungiendo a la trompeta como la prenda de unión de ese crossover que la cumbia inició desde los ‘90 en adelante con el rock bajo el amparo de Fidel Nadal, Las Manos de Filippi y el propio Andrés Calamaro.

González y Benítez eran las dos caras de una misma dramatización artística llena de hipervínculos. El cantante blandía una vena grave pero lleva de inflexiones, cercana inexorablemente al tango, mientras que el violero introducía arreglos estridentes, aunque sin perder el buen gusto, dejando a su paso una estela flamenca y también garagera: la guitarra enchufada directa al equipo, sin pedales, efectos ni intermediarios. El viejo y querido Marshall haciéndolo una vez más.

Por eso, para muchos, La Nueva Luna fue la más rockera de las bandas de cumbia, gracias a un vocalista prendiéndose fuego en el escenario alrededor del ritual que despertaban incisivos riffs y punteos sostenidos por el síncope del beat. En ese juego de espejos afloran un montón de rasgos compartidos entre ambos géneros: el culto a la personalidad, la mitología tallada por una banda que supo ser popular sin tener que entregarse a ridículos circenses y el arribo a hábitats propios del rock como el Luna Park o el estadio de Ferro.

Sin embargo no vivía únicamente de cumbia y rock La Nueva Luna. En el árbol genealógico aparecía el chamamé como una de sus raíces más sólidas, información que González llevaba en la sangre por su padre nacido en Paraná, Entre Ríos. El Chino se definía como “monteliero”, en honor a Ernesto Montiel, aunque también valoraba a Tránsito Cocomarola, Salvador Miqueri y Antonio Tarragó Ros.

Fue justamente en Corrientes donde el grupo encontró la forma de reinventarse bajo La Nueva Luna Chamamecera, derivado dedicado exclusivamente a ese sonido. Un berretín que había comenzado en los repertorios en vivo de La Nueva Luna. “¿Sabés lo que es para un litoraleño, que nunca pudo volver a sus pagos, escuchar esa música?”, justificaba el Chino.

Argentino Luna contaba que conoció el folclore entre las arenas desérticas de la entonces deshabitada Villa Gesell. Ahí se había mudado su padre para realizar las primeras edificaciones del pueblo y toda la familia compartía acampes con obreros de Tucumán, Santiago del Estero y Salta. La única forma que estos tenían de volver a su tierra querida era canturreando aquella música de origen que mitigaba el dolor por lo perdido. Un ejercicio similar al que tantos otros harán con la música de La Nueva Luna, ahora que el Mago Benítez decidió desarmar La Nueva Luna por respeto al Chino González, fallecido a los 42 años en la noche del 23 de diciembre pasado, uno de los pocos sábados de su vida en los que no se había subido a un escenario.

A %d blogueros les gusta esto: